Lic. Adrián Tucci*
Hoy en día no existe en el planeta persona que no esté conmovida. Las olas de cambio han movido los cimientos de nuestra casa y sentimos que nos han quitado nuestros apoyos.
Aturdidos por la velocidad con que se suceden los hechos, pocas veces podemos detenernos a contabilizar en nuestra conciencia todo lo que se ha transformado.
En un pasado cercano nuestra identidad se completaba mediante fuertes lazos de pertenencia. Hoy ya no están y nos vemos obligados a encontrar dentro de nosotros mismos el autosostén.
La familia extendida era una red de apoyo económico y emocional. La pareja tenía roles fijos y definidos dentro de los cuales cada uno se desempeñaba con absoluta seguridad. Un oficio, una profesión o la pertenencia a una empresa garantizaban una permanencia de por vida y una jubilación promisoria.
Las asociaciones intermedias, los clubes de barrios, las parroquias, los comités daban un marco firme de filiación y de desarrollo de la creatividad.
Las naciones tenían fronteras definidas y jerarquías claras de poder.
Cada generación heredaba de las anteriores modelos, normas y pautas con un orden regular. Los rituales y las ceremonias marcaban la transición de cada etapa de la vida. Cada persona sabía cómo debía vestirse y cómo debía actuar en cada circunstancia.
Nada de esto ha permanecido, podemos contemplar con nostalgia un mundo que ya no existe o mirar lo que está naciendo dentro de un aparente caos.
Si nos detenemos a contemplar el panorama del pasado nos daremos cuenta por qué muchas veces nos sentimos mal y no sabemos por qué.
Si todo este orden se ha trastocado debe ser por una finalidad que no siempre alcanzamos a comprender. Si no podemos intuir que existe un orden cósmico en todo lo que está sucediendo difícilmente podemos sentirnos bien.
El paso evolutivo que estamos dando exige un ser humano sin ataduras, los ámbitos del pasado que nos brindaban seguridad y pertenencia, protección y confianza, hoy ya son rejas y cadenas para los espíritus libres. El nuevo hombre formará familias más allá de los lazos de sangre, lealtades que trasciendan los países y las filiaciones políticas. Creará nuevos consensos y nuevas uniones; normas y pautas en la medida que las necesite, sólo centradas en los principios y no en la rígida tradición.
La nueva identidad se sostiene ya no desde afuera sino desde el núcleo espiritual, en lo más profundo de nuestro ser, en lo que nunca cambia, nuestro centro de poder y de paz, nuestra partícula divina. Únicamente desde allí podemos sentir toda la seguridad y la confianza que no logramos percibir en los cambiantes hechos del mundo.
* Director de IATENA Instituto Argentino de Terapias Naturales